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miércoles, 24 de diciembre de 2014

5 historias de navidad para recordar


Es lo único que deseo

RICK BRAGG
Debo de haber tenido unos nueve años de edad, y era demasiado serio y digno para sentarme sobre el regazo de Papá Noel en la tienda de departamentos Mason's, en Anniston, Alabama, pero lo suficientemente chico aún para pedirle -ipor favor, por favor, por favor!- un soldado G.I. Joe en la Navidad. 
-Ya estás muy grandecito para jugar con muñecos -me dijo Sam, mi hermano mayor, quien solía jactarse de que, el día que nació, se sacudió el polvo en la sala de partos y se fue a casa caminando.
-G.I. Joe no es un muñeco -repliqué, enojado.
-Sí lo es.
-iClaro que no!
En 1968, en el condado de Calhoun, Alabama, esa discusión se consideraba un diálogo intelectual. Estaba yo a punto de pellizcar a Sam cuando mi cansada madre me tomó del brazo para que me extasiara con la nieve artificial que caía sobre un ciervo que tenía limpiapipas en lugar de cuernos. Sam se acercó resueltamente a Papá Noel, como un adulto pequeño, para pedirle -me parece- una sierra eléctrica y algunos cartuchos para escopeta.
-¿crees que me lo traerá? -le pregunté a mi madre.
En aquel entonces ella lavaba ropa ajena y limpiaba casas cuando podía. La cercanía de la Navidad le causaba mucho temor: temor de que para sus tres hijos fuera un tiempo de enorme desilusión.
-No lo sé, hijo -contestó, mientras con la otra mano sujetaba a mi hermano menor, Mark, quien se asustó al ver a ese hombre extraño con traje rojo e intentaba huir a las montañas.
-Es lo único que deseo -dije, esperanzado.
No sabía yo que desear algo era como darle a mamá una patada en el vientre. Cuando escribo acerca de mi niñez y la Navidad me resulta difícil no sonar un poco como Dickens. No me refiero a que escriba tan bien, sino a que, cuando era niño, la Navidad era para mí como un sube y baja de tristeza y júbilo, tal vez la prueba más clara de la brecha entre pobres y ricos. Un G.I. Joe era un juguete caro, que costaba más de lo que mi madre a veces ganaba en un día; sin embargo, ahora que tengo más de 50 años y evoco aquellos tiempos, los desengaños se disipan en mi mente y surgen recuerdos de cosas que se parecen mucho a los milagros. Al día siguiente entré cabizbajo en la cocina de mi tía Juanita, quien era delgada y baja de estatura pero tan fuerte como un hombre. Me daba galletitas con crema de maní y pollo frito, aunque no en ese orden.
-¿Qué va a traerte Papá Noel, cariño? -me preguntó.
-Yo quería un G.I. Joe -repuse-, pero Sam me dijo que solo las niñas juegan con muñecos, y como no soy una niña, creo que ya no lo quiero.
Unos días después, vi una caja con mi nombre junto a su árbol navideño. La había envuelto con papel delgado, tanto que se podía ver a través de él: iera un G.I. Joe!, el vestido con uniforme de marinero, pero no me habría importado que llevara ropa de vendedor de seguros. Me pasé los días que faltaban para la Navidad con una extraña sensación de paz. Cuando abrí la caja, mi mamá fingió sorpresa. Papá Noel, dijo, seguramente se había aliado con mi tía Juanita. Adoro a mi tía Juanita por haber hecho eso. Amo a mi madre por hacer todo lo que podía, día tras día. Sé que la Navidad significa mucho más que todas esas cosas materiales, que incluso tal vez esté mal calificar esas cosas de milagros, por pequeños que sean. El milagro, creo, está en el corazón de esas dos mujeres.
Rick Bragg es autor de libros, entre ellos All Over but the Shoutin' y The Prince of Frogtown. En 1996 ganó el Premio Pulitzer en la categoría de reportajes.

El regalo de lo posible

ESMERALDA SANTIAGO
Aquel 24 de diciembre, las calles de Boston estaban repletas de turistas y residentes con abrigos de lana y ropa de franela. Compradores, vendedores y curiosos se arremolinaban junto a mí. En los comercios sonaban las canciones navideñas, y en las veredas, los músicos callejeros daban lo mejor de sí. Todo el mundo, al parecer, estaba acompañado de otra persona que sonreía o carcajeaba. Yo estaba sola. Como soy la mayor de los 11 hijos de una familia puertorriqueña y me crié con ellos en un atestado barrio de la Ciudad de Nueva York, había pasado gran parte de mi vida deseando la soledad. Ahora, convertida en una estudiante universitaria de 27 años de edad que estaba afrontando la ruptura de una relación amorosa que había durado siete años, por fin contemplaba lo que tanto había anhelado, pero no estaba muy segura de que me gustaba.
Había deseado con el alma estar sola, pero no en Navidad. Mi familia había regresado a Puerto Rico, mis amigos se habían ido a pasar las fiestas de fin de año en casa, y mis conocidos estaban muy ocupados en su propia vida. 
Empezaba a anochecer, y el inevitable regreso a mi departamento vacío me provocó tristeza. Las lucecitas que decoraban las vidrieras y las puertas me atraían, y deseaba que alguien saliera de un hogar y me invitara a entrar a una habitación confortable y tibia, con un árbol navideño primoroso, salpicado de nieve artificial y colocado sobre un pie de terciopelo cubierto de regalos. Me detuve en un pequeño supermercado, y me deprimí aún más al ver a la gente llenando sus canastos con cosas ricas. Los dátiles, los higos, las nueces y las avellanas me hicieron recordar los regalos que recibíamos de niños en la Navidad en Puerto Rico, porque los obsequios más preciados se reservaban para el Día de Reyes, el 6 de enero. Extrañaba a mi familia: sus fiestas ruidosas, los bailes, los tazones de arroz con porotos gandul, la piel crujiente y con sabor a ajo del cerdo asado, y las tortas de banana y yuca envueltas en hojas de plátano. Quería llorar por haber deseado estar sola y haberlo conseguido.
Frente a la iglesia habían colocado un nacimiento, con figuras de José y María junto al pesebre esperando la llegada del Niño Jesús. Me quedé contemplando la escena con otros transeúntes, algunos de los cuales se santiguaban y rezaban. Mientras me dirigía a casa, me di cuenta de que la historia del peregrinar de José y María de puerta en puerta en busca de posada se parecía mucho a mi propia historia. Haber dejado Puerto Rico seguía siendo una herida en mi alma, y aún luchaba por saber en quién me había convertido después de 15 años de vivir en los Estados Unidos. Había llorado mis pérdidas, pero por primera vez reconocí lo que había ganado. Era independiente, instruida, osada y tenía salud. Me quedaba una vida por delante, llena de posibilidades. A veces, el mejor regalo es el que nos damos nosotros mismos. Aquella Navidad me percaté de lo que había logrado hasta ese momento, y me di permiso de seguir adelante, sin temores. Es el mejor regalo que he recibido en mi vida, el que más valoro.
Esmeralda Santiago es autora de seis libros, entre ellos el exitoso relato "Cuando era puertorriqueña". El más reciente es la novela Conquistadora.

Dulzura compartida

TAYARI JONES
Cada 25 de diciembre mi madre espera que sus hijos estén presentes en casa, intercambien regalos y coman pavo. Y cuando se pone su suéter navideño, más vale que todos se animen. Como era natural, yo iba a ser la primera Jorres en rebelarse. Por ser la segunda de tres hermanos y artista, quería seguir mis propias reglas y adoptar tradiciones nuevas. Una biografía de Flannery O'Connor me dio la idea: pasaría la Navidad ien una colonia de artistas! Nadie se alegró con la noticia. Por la forma como se quejó mi mamá, parecía que iba a divorciarme de la familia. Pero me mantuve firme e hice planes para mi aventura de invierno en New Hampshire. 
La Colonia MacDowell era todo lo que podría yo haber deseado. En ella había 25 o 30 artistas, y era justo como la había imaginado. Me sentía como si fuera un personaje de una estrafalaria película independiente. Al llegar la Nochebuena, ya llevaba yo más de una semana en la colonia. Ver caer la nieve empezaba a aburrirme, pero no se lo habría confesado a nadie nunca. Todo el mundo se divertía de lo lindo. iPaseos en trineo y whisky! iCharlas sesudas frente a la chimenea! Todos felices menos yo. ¿Qué me pasaba? Era la fiesta decembrina de mis sueños: sin renos de plástico paciendo en el jardín de la casa, sin partidos de fútbol americano en la televisión y sin suéteres navideños a la vista. La gente allí ni siquiera decía "Navidad", sino "fiesta". El refinamiento más puro. Entonces, ¿por qué me sentía tan triste? Al final telefoneé a casa desde la sala común. Mi padre contestó, pero apenas oía su voz debido al intenso ruido de fondo de los artistas. Papá bajó el volumen del disco navideño de Stevie Wonder que estaba escuchando y me dijo que mi madre se había ido de compras con mis hermanos. Eso me enfureció: estaban pasando una Navidad estupenda sin mí. 
En la mañana de Navidad, aunque caía una fuerte nevada, apareció un paquete grande junto a la puerta de mi habitación. En él estaba anotado mi nombre con la preciosa letra manuscrita de mi mamá. Levanté el paquete como una niña de cinco años. Contenía un pastel relleno con betún rojo, mi favorito, envuelto con un montón de plástico de burbujas. La sencilla tarjeta que lo acompañaba decía: Feliz Navidad. Te queremos mucho. Mientras rebanaba el pastel, todos los artistas me rodearon: jóvenes, viejos, ateos y creyentes. Mamá había enviado un auténtico regalo hecho en casa, no un simple capricho de moda. Fue un pequeño milagro navideño que un pastel haya alcanzado para tantos. Lo comimos con las manos sobre servilletas de papel, para satisfacer un hambre de dulzura que, sin saberlo, todos sentíamos.
Tayari Jones es autora de tres novelas, la más reciente Silver Sparrow.

Se requiere un poco de ensamblaje

FLOYD SKLOOT
Mi hija Rebecca, de cinco años, sabía exactamente qué quería de regalo en la Navidad de 1977, así que me lo dijo. Aún quería el paraguas de plástico rosa y verde, con copa transparente, del que había hablado tanto: sería grandioso para ver cómo caía la lluvia sobre él. También quería libros, un camisón largo de franela y unas pantuflas mullidas. Todo eso estaba muy bien, pero, en realidad, sólo había una cosa que le importaba: una Casa de Ciudad de Barbie, con todos sus accesorios listos para armar. Saber eso me sorprendió. A ella no le gustaban las muñecas Barbie; prefería los animales de peluche, y no le llamaba la atención jugar en un ambiente estructurado. Rebecca siempre había sido una niña que establecía sus propias reglas, diseñaba su propio mundo y hacía las cosas a su manera. Pensé que el meollo del asunto tal vez no fuera la Barbie, sino la casa, un lugar que pudiera reclamar como suyo, pues nos habíamos mudado cinco veces a lo largo de su corta vida.
Al día siguiente, me detuve en el centro comercial. La enorme caja de la Casa de Ciudad de Barbie tenia dos letreros con exclamaciones: "¡Tres pisos de diversión con gran estilo! ¡El ascensor se detiene en todos los pisos!" Y uno que decía: "Se requiere un poco de ensamblaje" iAy no! Mi historial respecto a armar cosas era terrible. Nací en Brooklyn y me crié en edificios de apartamentos, con una familia que no construía nada. Unos años antes, me había tardado una semana en ensamblar un juego de jardín para niños; tenía tantas piezas, que me pasé las primeras cuatro horas clasificándolas y llorando, y las últimas dos horas tratando de averiguar por qué me sobraban tantas piezas.
Armé la casa de Barbie en la Nochebuena. Lograr que quedara nivelada, que no pareciera que las columnas se habían derretido y luego vuelto a congelar, y que el ascensor funcionara, fueron tareas que casi superaron mis fuerzas. Y hacerlo sin soltar palabrotas, en silencio para que mi hija no se despertara -si es que estaba durmiendo-, aumentó el reto. 
Cuando amaneció, había yo terminado. Al poco rato Rebecca entró en la sala, con su oso de peluche bajo el brazo, fingiendo asombro y viéndose tan cansada como lo estaba yo. Su sorpresa tal vez haya sido falsa, pero su alegría fue absolutamente genuina y me conmueve hasta el día de hoy, 34 años después. Mi hija me había alentado a hacer algo que no creía yo poder lograr. Era algo para ella y, como mucho de lo que significa el privilegio de ser padre, logró aflorar lo mejor de mí y me permitió disipar algunas dudas respecto a mis habilidades. Ahora que lo recuerdo, tal vez había verdadera sorpresa en su rostro al ver la Casa de Ciudad, no por el regalo en sí, sino porque estaba ensamblada y seguía en pie bajo la luz matutina. O bien pudo ser algo más sencillo: quizá se sorprendió porque había pensado armarla ella misma.
Floyd Skloot ha escrito 17libros, el más reciente de ellos una colección de cuentos: Cream of Kohlrabi El primer libro de su hija Rebecca, The Immortal Life of Henrietta Lacks, figuró en la lista de éxitos de la librería del The New York Times.

Una feliz y boba Navidad

JENNY ALLEN
Mi mejor Navidad fue el año en que tuvimos a Ken y a Barbie en la punta de nuestro árbol. Primero pusimos allí un ángel, y luego a los muñecos. Dejen que les cuente todo. Cuando mi hija, Halley, tenía cuatro años de edad, contraté a un bailarín de ballet, Randy, para que la cuidara algunas tardes por semana. Era alto, jovial y seguro de sí mismo, siempre con el pecho por delante, y aunque apenas tenía 27 años, era resuelto y de carácter firme. A lo largo de cuatro años, él y la niña recorrieron la Ciudad de Nueva York en busca de aventuras: escalar la escultura de Alicia en el País de las Maravillas en el Central Park, o sonreír a los pequeños y graciosos pingüinos en el zoológico. Tenían su propio mundo y sus propias pasiones: una devoción a los helados, a Elmo y a Pee-wee Herman. Randy organizaba las fiestas de cumpleaños de Halley a la perfección. 
Un año declaró que el tema era Peter Pan y le confeccionó a la niña un traje de Campanita, con cascabelitos en el dobladillo, y convenció a mi padre para que se presentara en la sala con un sombrero de pirata de ala ancha y un garfio falso en vez de mano. Randy también se encargaba de mis fiestas para adultos, y decidía mis atuendos, para lo cual buscaba y rebuscaba en las tiendas de segunda mano hasta encontrar el collar de piedras de fantasía que hiciera juego con el vestido que ya me había obligado a comprar. Cuando Halley tenía ocho años, Randy se marchó de Nueva York para dirigir una compañía de ballet sin grandes ambiciones en una pequeña ciudad de Colorado. Allí daba clases de baile, creaba coreografías y animaba a secretarias y vendedores de computadoras para que ejecutaran algunos pasos de ballet en el escenario. Halley lo echaba mucho de menos, al igual que toda la familia, pero Randy le llamaba por teléfono a menudo y le enviaba vestidos preciosos; cuando podía, nos visitaba en la Navidad. 
El año en que mi hija cumplió 10 de edad, di a luz a otra nifia. Ese mismo año le diagnosticaron sida a Randy. Sin el menor asomo de autocompasión. por teléfono me dijo que le quedaban unas cuantas células T y que había decidido llamarlas Hugo, Paco y Luis. Parecía una locura que viajara, que se arriesgara a que alguno de nosotros estornudara y lo hiciera enfermar de pulmmúa, pero él quería visitarnos, y lo hizo. Seguía siendo el Randy alegre y afectuoso de siempre. Aunque estaba terriblemente delgado, con los pómulos hundidos, los ojos le brillaban.
Se llevó a Halley a recorrer la ciudad una vez más, con su hermanita, Julie, sujeta a su pecho con un portabebés de tela. -Tenemos que hacer algo con este árbol -nos dijo Randy un día. A mí el árbol, con sus mofios rojos, me parecía bien, e incluso me enorgullecía un poco de que sus ramas brillaran con los adornos. Unos días después, la mafiana del 31 de diciembre, Randy reunió a toda la familia. Uevaba puesto el viejo sombrero de pirata, que sacó de una caja de disfraces, del cual colgaban serpentinas de colores y le caían como pelo hasta los hombros. Mientras lo observábamos -yo malhumorada al principio, pues me preguntaba hasta qué punto debíamos ser pacientes con un invitado moribundo, aunque lo amáramos como si fuera nuestro hermano-, quitó los adornos del árbol, y luego sacó más serpentinas y un montón de silbatos y botellitas de champán de plástico.
-Ahora lo convertiremos en un árbol de Afio Nuevo -anunció. iUn árbol de Afio Nuevo! iPor supuesto! Arrojamos las serpentinas al árbol, y atamos los silbatos y las botellitas en todas sus ramas.
-Y ahora, amigos míos, lel broche de oro! -exclamó Randy. Estirándose cuan largo era, hasta la punta del árbol, quitó el ángel dorado de papel maché y en su lugar colocó los muñecos de Halley: Ken, ataviado con esmoquin, y Barbie, con un vestido de gala esplendoroso. 
-IMiren ahí! -dijo, y esbozó una enorme sonrisa.
Era un árbol ridículo, pero maravilloso, feliz y perfecto. Randy vivió un año y medio más. Ninguno de nosotros superará su muerte, puedo jurarlo, pero cada Navidad brindamos por él, por su árbol, por su gran carácter y por la Navidad en que nos ensefió que la valentía es un hombre con un sombrero de pirata y bobas serpentinas como pelo.
Jenny Allen es autora de un libro de fábulas para adultos titulado The Long Chalkboard. ilustrado por su esposo, Jules Feiffer, y un monólogo suyo sobre el cáncer de ovario, I Got Sick Then 1 Got Better, se ha presentado en teatros, hospitales, universidades y conferencias sobre el cáncer en todo Estados Unidos.

martes, 24 de diciembre de 2013

LA VERDADERA NAVIDAD

Estamos próximos ha celebrar la navidad, los centros comerciales, las tiendas y almacenes están llenos de gente que entran y salen presurosos por comprar sus obsequios, que van a regalar, que ropa se pondrán, usaran el maquillaje adecuado para la ocasión, todo tiene que estar perfecto para la Navidad .... yo los miro con tristeza, parecen haberlo olvidado el verdadero significado de la Navidad...todos hacen planes que comida se servirá: pavo, pernil, un lechón, y el licor no puede faltar pero un momento, alguien recordó a Jesús, al principal invitado de esta celebración. A todos se les ha olvidado la razón importante de celebrar la navidad "El nacimiento del Niño Jesús", pero como olvidarlo si por el estamos aquí, si es Él quien permite que tengamos salud, trabajo, vida.Olvidamos que en muchos lugares del mundo hay niños que no tienen que comer, madres que sufren desconsoladas por no tener alimentos para sus hijos y hombres que sufren sin trabajo y mientras tanto nosotros olvidamos todo eso y compramos, gastamos, comemos, nos embriagamos hasta no poder más... 
Querido amigo (a) en lugar de pensar cómo vamos a festejar los invito a reflexionar un momento y a vivir una VERDADERA NAVIDAD. 

Que esta sea para compartir con aquellos que verdaderamente no tienen, para llamar o visitar aquel amigo o familiar que está enfermo, para dejar nuestro orgullo a un lado y perdonar a quien nos ofendió, para hacer una oración y dar gracias a Dios por lo que tenemos, porque sin El no seriamos nadie.

Que Dios los bendiga y que tengan una linda Navidad.
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Las Imágenes son exclusivas y totalmente propiedad de Alicia Diaz y Aly Edition´s


lunes, 23 de diciembre de 2013

Oportunidad para Reflexionar

Navidad, celebración en la cual la mayoría de las personas se dan permiso de ser felices, la Navidad hace de diciembre un mes especial, la Navidad hace de diciembre un mes en la cual las personas se animan a soñar, se animan a reír; otros se dan permiso de olvidar por un instante los problemas, es también una oportunidad para reflexionar.
Navidad, hace de diciembre el mes de las reconciliaciones, de la unión, de la solidaridad, sin lugar a dudas la Navidad hace de Diciembre un mes especial, y es que en medio de un mundo convulsionado, Diciembre brinda la oportunidad perfecta para escapar por un instante de la tensión, oportunidad perfecta para experimentar un poco de paz.
Tristemente la Navidad, se ha convertido en una celebración donde Jesús quien es el protagonista no ha sido invitado, se tienen las fiestas, se tiene la novena, se tienen los regalos, pero lo que cada vez menos se tiene es al Señor de la Navidad. Las calles se llenan de luces, sin embargo aquel que dijo “yo soy la luz del mundo” está ausente.
Hoy en el mundo se ignora que sin Jesús en el corazón, la navidad no dejara de ser la celebración que escasamente dura un mes y luego, de nuevo la tristeza, la ansiedad, la preocupación por el futuro, regresa también la desesperanza.
Que distinta una Navidad teniendo en nuestras vidas a Jesús, el Señor de la Navidad, entonces la celebración se convierte en una celebración no solamente de un mes, se convierte en una celebración que dura toda la vida.
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Tristeza de Navidad...

¿Qué contradictorio, no?,
Si la navidad es época de felicidad, de
Encuentro, de gozo, de paz, de solidaridad, de amor......

Pero lamentablemente para mucha gente es así, es tristeza de navidad.

Porque tal vez están solos en sus casas, en una cama de hospital, en un asilo de ancianos, de guardia en un puesto de trabajo lejos de su familia, o simplemente solos sin familia......

Tal vez para ellos el 24 sea una noche más... noche de acostarse temprano... mirando por la ventana la felicidad de los demás, noche de más bullicio, noche de bocinas de autos que ríen sin cesar... noches que además tienen ese vacío en algún lugar del alma.

A todos ellos les digo rotundamente que NOOOOOO!!!... que NO es así. Que no debemos permitirnos que sea una noche más.

Debemos atrevernos a encontrar la navidad dentro de nosotros, sí.. Dentro nuestro, porque es allí donde esta ¡!!!!!

Muchos podrán decir ¿Cómo?, ¿De que manera?, es imposible!!!!!!!!...
Entonces le propongo lo siguiente:
Pongámonos nuestra mejor ropa, mirémonos al espejo porque allí esta uno los invitados de esta noche...
Invitemos ahora al recuerdo más lindo de la infancia, busquemos en ese cajón olvidado la carpetita que nos tejió la abuela, aquellas figuritas del álbum con brillantina, la revista de historietas que quedó por ahí...
Luego invitemos al recuerdo de ese amigo imborrable, la foto que nos sacamos juntos, la carta que alguna vez nos escribió, ese regalo que nos hizo, las salidas a los bailes del 24 después de saludar a la familia...
Invitemos también al recuerdo de los familiares que ya no están, aquellos con los cuales compartíamos esas largas mesas navideñas, que a la hora de descorchar las botellas nos tapamos para que nos caiga encima el corcho y escuchar el grito de todos “¡será el próximo en casarse!!!!!”...
Y por ultimo invitemos al “espíritu de la navidad”, ese deseo de paz y amor que todos llevamos dentro, para que cuando lleguen las 12 abracemos fuerte esos recuerdos, demos un beso a la ausencia y como dijo Arjona “ realmente no estoy tan solo, quien te dijo que te fuiste?, si cargaste con el cuerpo , pero no con el recuerdo”.
Por ello a quienes esta navidad sienten la soledad, le propongo cargarnos de recuerdos, y tal vez si se animan... solo tal vez... escribir sobre ellos...
Y desde hoy no se olviden que yo
También estaré en sus recuerdos con este
Mensaje y Uds. En el mío... ya somos
Dos... entonces ya no estamos solos.
¡Feliz navidad!!!!!!!!!!!!!!.
Dios los bendiga 
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martes, 17 de diciembre de 2013

La primera Navidad(Una historia que nos enseña como el Misterio de la Navidad emblandece el corazón humano)

Mientras todos los niños ayudaban en sus casas en los preparativos para la Nochebuena, Pedro, de 7 años de edad, trabajaba en la joyería de Don Juan para ayudar con el sostenimiento de su casa. Don Juan era un joyero de mucho dinero, pero al mismo tiempo, un hombre sin familia, a quien solamente le importaba el dinero y miraba a Pedro como un simple trabajador más no como un niño.
El día de Navidad Pedro quería retirarse temprano del trabajo para comprar algunas cosas para la cena y ayudar a su mamá. Contemplando en la ventada como algunos niños jugaban, Pedro escuchó un grito que lo hizo temblar:
- ¡Pedro!, gritó Don Juan.
- Si señor, respondió él
- ¿Qué haces mirando por la ventana? Aún no terminas tu trabajo.
- Pedro contestó:¡Hoy es navidad! hoy es el cumpleaños del niño Jesús, hoy es un día muy especial.
- ¡Pues a mi no me importa! ¡Crees que hoy vas a poder escaparte mas temprano de tus deberes, trabaja mejor!, replicó
- Pero Don Juan, hoy quería comprar algunas cosas para la cena de navidad, suplicó el niño.
- ¡Para la cena de Navidad!, se burló el joyero. Tú lo único que quieres es escaparte mas temprano. Hoy es un día común y corriente; mejor sigue trabajando si quieres mantener tu empleo.
- Si don Juan, contestó Pedro muy triste.  
El niño continuó trabajando, con lágrimas en los ojos. Su corazón estaba muy triste y angustiado y temía que Don Juan no lo dejase pasar Navidad junto a su familia. En medio de ese aterrador pensamiento, elevó una plegaria a la Virgen María pidiéndole su intercesión para que pudiese pasar una linda Navidad con su familia.
Poco después, Don Juan, inesperadamente, gritó tan fuerte que casi se le sale el corazón a Pedro.

- ¡Pedro, Pedro ven apúrate! - gritaba el joyero horrorizado.
- Don Juan ¿que le pasa? preguntó
- Don Juan asustado abraza a Pedro y le dice: "Vi un fantasma, vi un fantasma!
- Pedro miró para todos lados en la habitación de Don Juan y no vio nada.
- Cálmese, dijo. Yo no veo nada.
- ¿Me estas tratando de mentiroso?, exclamó el anciano.
- No don Juan, disculpe no quise decir eso.
- ¡Sigue trabando mejor!, fue una pesadilla ¡sigue trabajando! 
Don Juan seguía atemorizado por lo que según él había visto. No queriendo permanecer ni un momento solo se le ocurrió pedirle a Pedro que se quedara con él hasta bien entrada la noche. "Por si acaso", pensó. Don Juan llamó al niño y le dijo:

- Pedro, necesito que hoy te quedes hasta más tarde.
- Pero señor, hoy es navidad y mi familia me esta esperando.
- ¡Pedro te pago el doble!
- Pero Don Juan, ya tengo casi terminado mi trabajo y debo ir a casa. 
Don Juan no le quería confesar que estaba asustado y el niño lo sabía, pero él se resistía a quedarse porque era Navidad. Entonces, se le ocurrió una magnífica idea: "invitar a Don Juan a su casa a pasar la navidad".

- Don Juan: lo invito a pasar la Navidad con nosotros para que no se quede solo.
Don Juan estaba emocionado por el ofrecimiento de Pedro, ya que nadie lo invitaba a su casa. por lo que sin pensarlo… aceptó.

Cuando llegaron a la casa de Pedro, Don Juan se quedó muy impresionado porque en esa humilde casa, había mucha alegría y generosidad.

Don Juan sonrió como nunca lo había hecho, se dio cuenta que nunca había tenido una Navidad y ahora la compartía con una familia muy sencilla y amable. Sus mejillas se sonrojaron y sobre ellas rodaron muchas lágrimas de la emoción y felicidad que sentía.

Al final de la noche, Don Juan se comprometió a ser más justo y considerado con el niño, y a desprenderse de sus bienes a favor de los más necesitados.




Una Navidad muy diferente

Carta al Niño Jesús
Cuando era niña, mi madre me inculcó la costumbre de que cada año le escribiera una carta a Santa Claus para pedirle las cosas que quería me trajera en este tan esperado día.
Desde luego, todo estaba condicionado a la conducta que yo observara durante un año, y mi madre, siempre pendiente de todo, me "leía la cartilla" recordándome las travesuras cometidas durante 365 días. Por lo tanto, los regalos pedidos, ya no serían los mismos. Sin embargo, la esperanza no moría en mi corazón y esa tan especial carta terminaba colocándola debajo de mi hamaca, para que yopudiera ver cómo era en realidad el esperado personaje. Nunca lo pude conocer porque, según mamá, me quedaba dormida cuando él llegaba y le daba pena despertarme.
Mi emoción por escribir era doble: una porque era la única ocasión en que escribía una carta y se la mandaba a alguien, y dos porque en ella volcaba toda mi ilusión de pedir lo que, sin saberlo, nuca llegaría a mis manos. Al día siguiente, no podía controlar la emoción de ver si todo lo pedido había llegado. No puedo decir que me sentía desilusionada por lo que "Santa Claus" me había traído, sino que no entendía el porque, si yo pedí un "juego de té" de los grandes, había uno chiquito en su lugar.
En fin, resignada, aceptaba tan maravilloso regalo, prometiéndome a mí misma que durante todo el año venidero me portaría mejor, para que me trajera lo que pidiera y pudiera conocer al portador de dichos obsequios.
Han pasado ya muchos años de esta maravillosa etapa de mi vida, no exenta de carencias económicas, pero sí llena de momentos felices; con el paso del tiempo, la realidad se empezó a hacer patente y mi personaje favorito cambió de rostro, de un hombre gordo y bonachón, a un niño recién nacido. Hoy mi pedido de regalos ya no lo hago por medio de cartas, ni siquiera por computadora, menos por Internet, no lo necesito, pues los pedidos los hago con el corazón y llegan más rápido y seguro: mi Cristo Jesús no necesita de estas modernidades para que me escuche en el momento en que se lo pido y el mensaje, además, llega con entrega inmediata.
Todas las Navidades son especiales, pero ésta en lo personal será muy diferente pues algunos de mis amores no estarán conmigo; no voy a disfrutar ni gozar de su presencia, pero tengo impregnada su esencia y eso me reconfortará mucho más, sobre todo ahora que es la primera vez que pasaré las fiestas decembrinas sin una de mis hijas, le ha tocado alzar el vuelo e iniciar su propia vida y, aunque me queda muy claro que esta experiencia tenía que vivirla algún día, me duele mucho, pues todavía no me acostumbro a no tenerla conmigo. Esta y algunas otras razones me han hecho recordar cuando escribía mis cartas, pues si la emoción me embargaba en aquel entonces, ahora mucho más, cuando los sentimientos se encuentran, no hay palabras para describir lo que se siente en el corazón. Por eso esta Navidad para mí será diferente y quiero pedirle, ya no a "Santa Claus", sino a mi Niño Jesús lo que me gustaría para este 24 de diciembre:"Mi Niño Jesús, en esta Navidad quiero pedirte que me ayudes a ser cada día una mejor compañera, esposa, madre, amiga, en fin una mejor persona, para ser digna de ti, y poder proyectarlo a los seres que conviven conmigo en cualquier lugar y en cualquier circunstancia.
"Acrecienta en mí la tolerancia, la paciencia, la solidaridad, la honestidad, la sinceridad, la alegría y el entusiasmo, el amor y la ternura, para poder compartirlo con la gente que me rodea.
"Permíteme ver más allá de lo que mis ojos pueden ver, sobre todo, cuando un niño se acerca a mí y ver en él tu rostro cuando sonríe.
"Te pido también por mis hijos (sobre todo por la que en estos momentos está lejos de mí) para que los cuides, los protejas y los guíes, más aún en los momentos difíciles que la vida les tiene reservados, y acreciéntales el amor que sienten por ti, que eres la vida misma.
"Quiero pedirte por las autoridades que dirigen a mí país y a mí Estado para que impere en ellos el compromiso de ser democráticos, justos, honestos y competentes, para que el rostro de la miseria que asomó después del huracán "Isidoro" desaparezca, dando lugar al bienestar y al desarrollo, pues eso redundaría en beneficio para mis conciudadanos y así habría menos gente desempleada.
"Después de lo que se vivió (con el ciclón) danos, sobre todo a los que todavía no recuperan lo perdido, la esperanza, la fe y la confianza de que las cosas serán mucho mejor que antes, más aún si confían en ti.
"Que en todas las familias, no sólo de aquí, sino de todo el mundo, reine el respeto, el cariño, la confianza y el amor, para que se acaben las violencias, los llantos y las tristezas, y ser lo más parecido a esa Sagrada Familia en la cual tú te encuentras ahora, acompañado de tus Santísimos padres.
"También quiero pedirte, niñito Jesús, que estés siempre junto a los niños que al igual que tú, quieren jugar, correr, brincar, saltar, pero por cosas del destino sufren de alguna discapacidad que les impide hacerlo. Enséñales que estando contigo, no hay imposibles.
"Y para no alargar mucho esta carta, pues sé que tienes mucho que hacer, a pesar de ser tan pequeñito, quiero pedirte, mi Niño Jesús, abusando de tu bondad, que seas tú el portador de un abrazo muy fuerte a todas mis amigas que por motivos ajenos a mi voluntad no podré darles, diles que las quiero mucho y que espero que no pase mucho tiempo para dárselos personalmente, si tú así lo tienes dispuesto.
"Estoy convencida de que mi manera de ser y la conducta que yo observe tiene mucho que ver para que me concedas todo lo que te pedí. Sé que debo ser una digna hija y hermana tuya, congruente entre lo que digo y hago en este largo caminar por la vida y en mi trato con las personas que me rodean, y en eso se centra mi búsqueda constante. Sin embargo, cuando no esté siendo honesta y sincera ni conmigo ni con los demás, por favor "léeme mi cartilla", como cuando era niña, pues mi madre todavía se encarga de hacerlo ahora que soy grande. Por todas tus bendiciones ¡Gracias!"
P.D. por esta ocasión, esta carta no la voy a poner debajo de mi hamaca, sino junto a tu cunita, pero no para que no se te olvide lo que te pido, sino para que yo recuerde siempre lo mucho que me das".
Y para todos y cada uno de los seres que amo (esa palabra me enseño mi madre para expresar mi cariño) y para los que me hacen el favor de leer este artículo, les deseo de todo corazón que pasen una muy: ¡Feliz Navidad!

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